La Condena
La Condena El explorador, en cambio, se sentÃa muy inquieto; la máquina estaba evidentemente haciéndose trizas; su andar silencioso ya era una mera ilusión. El extranjero tenÃa la sensación de que ahora debÃa ocuparse del oficial, ya que el oficial no podÃa ocuparse más de sà mismo. Pero mientras la caÃda de los engranajes absorbÃa toda su atención, se olvidó del resto de la máquina; cuando cayó la última rueda del Diseñador, el explorador se volvió hacia la Rastra, y recibió una nueva y más desagradable sorpresa. La Rastra no escribÃa, sólo pinchaba, y la Cama no hacia girar el cuerpo, sino que lo levanta temblando hacia las agujas. El explorador quiso hacer algo que pudiera detener el conjunto de la máquina, porque esto no era la tortura que el oficial habÃa buscado sino una franca matanza. Extendió las manos. En ese momento la Rastra se elevó hacia un costado con el cuerpo atravesado en ella, como solÃa hacer después de la duodécima hora. La sangre corrÃa por un centenar de heridas, no ya mezclada con agua, porque también los canalÃculos del agua se habÃan descompuesto. Y ahora falló también la última función; el cuerpo no se desprendió de las largas agujas; manando sangre, pendÃa sobre el hoyo de la sepultara, sin caer. La Rastra quiso volver entonces a su anterior posición, pero como si ella misma advirtiera que no se habÃa librado todavÃa de su carga, permaneció suspendida sobre el hoyo.