La Condena
La Condena Este asunto me preocupa menos que antes, porque comienzo a creer que comprendo que por más cerca que hayamos creÃdo encontrarnos de una crisis decisiva, es muy poco probable que ésta ocurra; se está predispuesto a calcular con demasiado apresuramiento, en especial cuando se es joven, la rapidez con que se producen las crisis decisivas; cada vez que mi pequeño juez femenino, debilitado por culpa de mi mera presencia, se dejaba caer de costado en una silla sosteniéndose con una mano sobre el respaldo, y aflojándose los lazos del corpiño con la otra, mientras lágrimas de furor y desesperación corrÃan por sus mejillas, yo creÃa que el instante de la crisis habÃa llegado, y que de un momento a otro me verÃa obligado a dar explicaciones. Pero nada de momento decisivo, nada de explicaciones, las mujeres se desvanecen con facilidad, la gente ni tiene tiempo de ocuparse de sus manÃas. ¿Y qué sucedió realmente durante todos estos años? Muy simple: estas situaciones se repitieron, a veces más violentamente, a veces menos, y que en consecuencia su suma total ha aumentado. Y la gente acecha en torno, deseosa de intervenir, si pudieran descubrir una oportunidad que se lo permitiera; pero no encuentran ninguna, hasta ahora se han visto obligados a reducirse a lo que podÃan olfatear en el ambiente, y bastante habÃa como para mantenerlos ampliamente ocupados, pero allà terminaba todo. Pero siempre ha sido fundamentalmente asÃ, siempre existieron esos inútiles espectadores y esos olfateadores, que excusaban su presencia con pretextos ingeniosos, con preferencia de parentesco, siempre espiando, siempre olfateando toda clase de pistas, pero la consecuencia de todo esto es simplemente que allà están todavÃa. La única diferencia consiste en que poco a poco he llegado a conocerlos, y a distinguir sus caras; en otros tiempos, yo creÃa que acudÃan paulatinamente de todas partes, que las repercusiones del asunto aumentaban y provocarÃan por sà solas la crisis definitiva; hoy creo saber que todos ésos estaban aquà desde mucho antes, y que la crisis definitiva poco o nada tiene que ver con ellos. Y esa crisis ¿por qué la dignifico con un nombre tan pomposo? Suponiendo que algún dÃa —que no será seguro mañana ni pasado mañana ni probablemente nunca— ocurriera que la opinión pública se interesara en este asunto, lo que insisto en repetir, no le compete, no saldré seguramente indemne de dicho proceso, pero también es indudable que tendrán en consideración el hecho de que la opinión pública no le desconoce totalmente, y que hasta ahora siempre he vivido a la plena luz, confiado y digno de confianza, y que esta insignificante y desdichada mujercita, recién llegada a mi vida, a quien, hago notar de paso, otro hombre habrÃa considerado hace mucho como insignificante y, sin llamar en lo más mÃnimo la atención de la opinión pública, la habrÃa aplastado bajo sus pies; esta mujer, en el peor de los casos, sólo podrÃa agregar un odioso adorno al diploma que desde hace tiempo me certifica ante la opinión pública como miembro respetable de la sociedad. Asà están actualmente las cosas, de modo que no tengo muchos motivos de preocupación.