La Condena

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Conversación con el suplicante

En cierta época yo iba a menudo a la iglesia, porque una muchacha de quien yo estaba enamorado solía ir todas las tardes; la joven rezaba de rodillas, durante media hora, lo que me permitía con templarla tranquilamente.

Una tarde que la joven no había venido, mientras observaba decepcionado a los demás fieles, me llamó la atención un muchacho delgado, echado de bruces en el suelo. De vez en cuando, se aferraba el cráneo con todas sus fuerzas, gemía intensamente y, con la cara en la concavidad de las manos, se golpeaba la cabeza contra las piedras del piso.

En la iglesia sólo había unas cuantos viejas, que frecuentemente ladeaban sus rostros inclinados y miraban de reojo al suplicante. Esta conspicuidad parecía inundarlo de felicidad, porque antes de iniciar cada uno de sus arrebatos piadosos, miraba en torno, para comprobar si los espectadores eran suficientemente numerosos. Esto me pareció indecoroso; decidí hablarle cuando saliera de la iglesia y preguntarle por qué rezaba de tan insólito modo. Sí, me sentía irritado porque m1 amiga no había venido.


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