La Condena

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—La historia que me contó antes, de su señora madre y la señora en el jardín, no me parece nada notable. No sólo porque he oído y vivido muchas historias semejantes, sino también porque he participado muchas veces en ellas. Ese incidente es, sin embargo, absolutamente natural. ¿Le parece que si yo hubiera estado en ese balcón, no habría podido decir lo mismo, o contestar lo mismo desde el jardín? Una situación muy común.

Cuando dije esto pareció encantado. Me contestó que yo estaba muy bien vestido y que mi corbata le gustaba mucho. Y que qué espléndido cutis tenía yo. Y nada aclara más una confesión que retractarse de ella.

Conversación con el ebrio

Al emerger con cortos pasos de la casa, me sentí abrumado por el cielo, con su luna, y sus estrellas y su enorme bóveda, y por la plaza principal, con la Municipalidad, la columna de la Virgen y la iglesia.

Pasé tranquilamente de la sombra al claro de luna, me desabroché el abrigo y me calenté; luego, alzando las manos, traté de acallar el bullicio de la noche y comencé a meditar:

—¿Qué pretendéis al comportaros como si fuerais reales? ¿Queréis hacerme creer que yo soy irreal, cómicamente plantado sobre el verde pavimento? Sin embargo, hace ya mucho tiempo que dejaste de ser rea1, oh cielo, y tú, plaza, no lo fuiste nunca.


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