La Condena

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Cuando uno se volvía sobre el costado derecho, con la mano debajo de la oreja, sentía deseos de dormir. Pero uno quería volver a levantarse, con la barbilla erguida, sólo para volver a caer en una zanja más honda. Con el brazo extendido y las piernas abiertas, uno quería lanzarse al aire, y caer sin duda en una zanja aún más profunda. Y hubiéramos deseado seguir indefinidamente este juego.

Cuando llegábamos a las últimas alcantarillas no nos preocupaba la mejor manera de echarnos para dormir, especialmente si estábamos de rodillas, y permanecíamos de espaldas, como enfermos, con ganas de llorar. Parpadeábamos a veces, cuando algún niño con las manos en la cintura saltaba con sus oscuras suelas del terraplén al camino, por encima de nosotros.

La luna había llegado ya a cierta altura, y alumbraba el paso del coche del correo. Una suave brisa comenzaba a soplar en todas partes, también se la sentía en el fondo de las zanjas; en las cercanías, el bosque empezaba a susurrar. Entonces uno no sentía tantos deseos de estar solo.

—¿Dónde estáis?

—¡Venid aquí!

—¡Todos juntos!

—¿Por qué te escondes? Déjate de tonterías.

—¿No has visto que ya pasó el correo?

—¡No! ¿Ya pasó?


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