La Condena
La Condena Georg preferÃa escribirle estas cosas en vez de confesarle que él mismo estaba comprometido, desde hacÃa algunos meses, con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada. A menudo hablaba de su amigo con su novia y de la curiosa relación epistolar que los unÃa.
—Entonces, no vendrá a nuestro casamiento —decÃa ella—, y, sin embargo, yo tengo el derecho de conocer a todos tus amigos.
—No quiero importunarlo —contestaba Georg—; entiéndeme bien, él probablemente vendrÃa, por lo menos asà creo; pero se sentirÃa obligado e incómodo, tal vez me tendrÃa envidia, y ciertamente se sentirÃa descontento e incapaz de hacer nada para mitigar su descontento, y luego deberÃa retornar solo a Rusia. Solo; ¿comprendes lo que eso significa?
—SÃ, pero ¿no se enterará por otros medios de nuestra boda?
—No puedo impedirlo; pero, considerando la vida que hace, es improbable.
—Si tenÃas semejantes amigos, Georg, no debiste comprometerte conmigo.
—Bueno, la culpa de eso es tan tuya como mÃa; pero ahora no quisiera por nada cambiar la decisión.
Y cuando ella, respirando agitadamente bajo sus besos, agregó: