La Condena
La Condena Justamente esa vez me pareció ver al mismo Emperador asomado a una de las ventanas del palacio; casi nunca llega hasta las habitaciones exteriores, y vive siempre en el jardín más interno del palacio; pero en esta ocasión le vi, o por lo menos me pareció verle, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría ante su castillo.
—¿En qué terminará esto? —nos preguntamos todos—. ¿Hasta cuándo soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómadas, pero no sabe qué hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, están ahora siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay algún malentendido; y ese malentendido será nuestra ruina.
Ante la Ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarle entrar. El hombre reflexiona, y pregunta si más tarde le dejarán entrar.
—Es posible —dice el portero—, pero no ahora.
