La metamorfosis y otros relatos
La metamorfosis y otros relatos Yo no sabĂa quĂ© decirle, y sĂłlo me agachĂ© para ver quĂ© habĂa dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.
—Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa —dijo Ă©sta, y ambos nos reĂmos.
—¡Eh, Hermano, Hermana! —llamĂł el hombre, y dos caballos, dos robustos animales de fuertes flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo y las magnĂficas cabezas agachadas como las de los camellos, mediante movimientos de sus cuartos traseros se abrieron paso, reptando uno tras otro, por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Acto seguido se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un denso vaho.
—AyĂşdale —dije, y la criada se dispuso a ayudar al hombre, que habĂa empezado a enganchar los caballos. Pero apenas llegĂł a su lado, Ă©l la abrazĂł y acercĂł su cara a la de la joven. Ésta gritĂł y echĂł a correr hacia mĂ; sobre sus mejillas se veĂan las rojas marcas de dos hileras de dientes.
—¡Salvaje! —grité furioso—. ¿Quieres que te azote?
Pero luego pensĂ© que era un desconocido y que me ofrecĂa ayuda cuando todos me la habĂan negado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se ofendiĂł por mi amenaza y siguiĂł enganchando los caballos.
—Suba —me dijo al fin, y, en efecto, el coche estaba listo.