Un médico rural
Un médico rural El campesino no habÃa previsto estas dificultades; la Ley deberÃa ser siempre accesible para todos, piensa él, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba larga de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un banquito, y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allà espera dÃas y años. Intenta infinitas veces entrar, y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su paÃs, y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y para terminar, siempre le repite que todavÃa no puede dejarle entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, lo sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, en efecto, pero le dice:
—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.