Un médico rural
Un médico rural El segundo es hermoso, esbelto, bien formado; es un placer verle manejar el florete. También es perspicaz, pero además tiene experiencia del mundo; ha visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su paÃs parece hablar con él más confidencialmente que con los que nunca salieron de su patria. Pero es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni siquiera esencialmente, a sus viajes; más bien es un atributo de la inimitabilidad del muchacho, reconocida por ejemplo por todos los que han querido imitar sus saltos ornamentales en el agua, con varias volteretas en el aire, y que sin embargo no le hacen perder ese dominio casi violento de sà mismo. El coraje y el afán del imitador llega hasta el extremo del trampolÃn; pero una vez allÃ, en vez de saltar, se sienta repentinamente, y alza los brazos para excusarse. Pero a pesar de todo (en realidad deberÃa sentirme feliz con un hijo semejante), mi afecto hacia él no carece de limitaciones. Su ojo izquierdo es un poco más chico que el derecho, y parpadea mucho; no es más que un pequeño defecto, naturalmente, que por otra parte da más audacia a su expresión; nadie, considerando la incomparable perfección de su persona, llamarÃa a ese ojo más chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sÃ. Naturalmente, no es ese defecto fÃsico lo que me preocupa, sino una pequeña irregularidad de su espÃritu que en cierto modo corresponde a aquél, cierto veneno oculto en su sangre, cierta incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su naturaleza, que yo solo entreveo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace de él mi verdadero hijo, porque esa limitación es al mismo tiempo la limitación de toda nuestra familia, y sólo en él es tan aparente.