Un médico rural
Un médico rural Mi décimo hijo pasa por ser de carácter insincero. No quiero negar totalmente ese defecto, ni tampoco afirmarlo. Ciertamente, cualquiera que le ve acercarse, con una pomposidad que no corresponde a su edad, con su levita siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero negro y viejo pero minuciosamente cepillado, con su rostro inexpresivo, la mandíbula un poco prominente, las largas pestañas que se curvan penumbrosas ante los ojos, esos dos dedos que tan a menudo se lleva a los labios; el que lo ve así piensa: «éste es un perfecto hipócrita». Pero oídle hablar. Comprensivo; reflexivo; lacónico; pregunta y replica con satírica vivacidad, en un maravilloso acuerdo con el mundo, una armonía natural y alegre; una armonía que necesariamente vuelve más tenso el cuello y endereza el cuerpo. Muchos que se suponen muy agudos, y que por ese motivo creyeron experimentar cierta repulsión ante su aspecto exterior, terminaron por sentirse fuertemente atraídos por su conversación. Pero en cambio hay otras personas que no ponen reparos en su exterior, pero que consideran su conversación demasiado hipócrita. Yo, como padre, no quiero pronunciar un juicio definitivo, pero debo admitir que estos últimos críticos son por lo menos más dignos de atención que los primeros.