Un médico rural

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Pero con todo, en un sentido limitadísimo, podré quizá contestar a vuestra pregunta, cosa que por lo demás hago con gran placer. Lo primero que aprendí fue a estrechar la mano en señal de convenio solemne. Estrechar la mano da testimonio de franqueza. Pueda hoy, al estar en el apogeo de mi carrera, agregar, a ese primer apretón de manos, también la palabra franca. Ella no aportará a la Academia nada esencialmente nuevo, y quedaré muy por debajo de lo que se me pide, pero que ni con la mejor voluntad puedo decir. De cualquier manera, en estas palabras expondré la línea directiva por la cual alguien que fue mono ingresó en el mundo de los humanos y se instaló firmemente en él. Conste además que ni las insignificancias siguientes podría contaros si no estuviese totalmente convencido de mí, y si mi posición no se hubiese afirmado de manera inconmovible en todos los grandes music-halls del mundo civilizado.

Soy oriundo de la Costa de Oro. Para saber cómo fui capturado dependo de informes ajenos. Una expedición de la firma Hagenbeck —con cuyo jefe, por otra parte, he vaciado luego no pocas botellas de vino tinto— estaba al acecho emboscada en la maraña que orilla el río, cuando en medio de una banda corrí una tarde hacia el abrevadero. Dispararon: fui el único que cayó herido, alcanzado por dos tiros.


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