Correspondencia

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La ocasión que se me presenta ahora de añadir algo a mi última misiva —interrumpida—, prefiero aprovecharla al menos parcialmente, que desaprovecharla completamente. Suponiendo que ningún libro, sea de la autoridad que sea —ni siquiera una revelación que haya recibido con mis propios sentidos—, puede imponerme nada respecto a la religión (en lo que hace a los sentimientos), si ello no se ha convertido para mí en un deber a través de la sagrada ley en mí, conforme a la cual debo rendir cuentas de todo; y suponiendo que no me está permitido tener la audacia de colmar mi alma con testimonios de devoción, confesiones, etc. que no hayan surgido de los preceptos sinceros e infalibles de la misma (porque los preceptos pueden dar lugar a observancia pero no a sentimientos del corazón), así yo no busco en el Evangelio el fundamento de mi fe, sino su afianzamiento; y encuentro en el espíritu moral del mismo, aquello que distingue con nitidez la noticia [o buena nueva], del modo de su difusión, y de los medios de introducirla en el mundo; brevemente, aquello que es un deber para mí [lo distingo] de lo que Dios me otorga como beneficio, y por tanto (sean cuales sean las noticias, o doctrinas), esto no me impone nada nuevo, aunque puede, desde luego, dar a los buenos sentimientos nueva fuerza y confianza, simplemente. Esto era lo que tenía que decir como aclaración al pasaje de mi escrito anterior en relación con la distinción de dos partes relacionadas, pero heterogéneas, en los libros sagrados; y acerca del modo como me las aplico a mí mismo.


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