Correspondencia

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Usted tiene a bien emitir un juicio positivo sobre mi exposición de las contradicciones dialécticas de la razón pura, aunque no está satisfecho con la solución de las mismas[2]. Si mi recensor de Göttingen hubiera aducido siquiera un solo juicio de este tipo, no se me habría ocurrido pensar en mala voluntad: lo habría justificado por falta de sentido en la mayoría de mis enunciados (lo cual no me hubiera sorprendido); y por tanto la culpa me la habría adjudicado a mí mismo en gran parte; [de modo que] en lugar de expresar amargura en la respuesta, no habría dado respuesta alguna, o tal vez habría manifestado solamente alguna queja sobre que se había buscado abiertamente una condena general, sin haber atacado los fundamentos. Pero predominaba machaconamente en toda la recensión un tono tan insolente de desprecio y arrogancia, que no pude menos de sentirme movido a sacar a ese gran genio, en la medida de lo posible, a la luz del día, para decidir en la comparación de sus afirmaciones con las mías, por muy modestas que sean, si realmente puede hallarse de su lado una superioridad tan grande, o si tal vez no se esconde tras él una cierta astucia de autor, que alaba todo lo que concuerda con los enunciados que se encuentran en sus propios escritos y censura lo que se le opone, con el fin de erigir subrepticiamente un pequeño señorío sobre todos los demás autores en una cierta materia, para así hacerse poco a poco con un nombre sin particular esfuerzo (de modo que si éstos quieren ser juzgados con benevolencia, estarán obligados a quemar incienso y a ensalzar como su hilo conductor los escritos de aquél que sospechan es su recensor). Juzgue usted ahora si mi insatisfacción —como gusta decir— con el recensor de Göttingen la he demostrado de una manera algo dura.


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