Correspondencia
Correspondencia Me gustaría también conocer su juicio sobre los últimos progresos que creen haber hecho en filosofía algunos de sus discípulos desde la aparición de la Crítica, especialmente Fichte. Claro que usted puede tener sus razones para no querer exponer sobre ello un juicio rotundo ni público, ni en cartas privadas. Yo mismo tengo información muy superficial al respecto. He superado las dificultades de la Crítica y me siento gratificado por ello en todo. Pero no tengo ni el valor ni la fuerza para someterme a las dificultades todavía mucho mayores que me supondría la lectura de la Doctrina de la ciencia (de Fichte). Ahora, esta enfermedad mía, que crece cada día, me impide tales especulaciones exquisitas. Podría describirle mi estado, que en cierto sentido es tan extraño y sorprendente como lamentable, pero una exacta descripción del mismo constituiría una extensa obra, para lo cual me faltan las fuerzas; y sin exactitud, ¿para qué puede servir una descripción tal? Un daño exterior —que parecía de poca importancia— surgió hace aproximadamente trece años en la aleta nasal derecha, no lejos del rabillo del ojo; en realidad no es cáncer según todos los síntomas, pero se parece al cáncer no solamente porque se extiende en la superficie sino en las tres dimensiones, y porque ahonda tan profundamente como se extiende; se resistió a todos los remedios, a los que no se podían añadir medios cáusticos, que a lo mejor son los más efectivos en casos así, precisamente por la cercanía del ojo; este daño ha desfigurado todo el ojo derecho y una parte de la mejilla derecha, ha perforado una cavidad del mismo tamaño en la cabeza y causado destrucciones de forma extraña. Parece imposible que un hombre pueda vivir con esto; parece más imposible que pueda pensar con esto y hasta pensar con una cierta agudeza y entusiasmo de la mente; y sin embargo ambas cosas son verdad. Aunque torturado de modo cambiante por la debilidad y por el dolor, y aislado de la sociedad humana, esta circunstancia inverosímil pero feliz me ha proporcionado el alivio más excelente y el consuelo de mi vida. Nunca he percibido con más lucidez, ni sentido con más placer la belleza de un verso, la concisión de una argumentación o la amenidad de un relato.