Correspondencia

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Consideré mi deber ya hace varias semanas comunicarle como es debido la desaparición definitiva de mi queridísimo esposo Johann Heinrich Kant, ex predicador de Alt y Neurahden en Kurland, a quien la muerte nos arrebató, a mí y a mis pobres hijos, el 22 de febrero de este año, dejándonos un inmenso dolor que no tiene nombre. [Escribió el 24 de febrero. No se conserva la carta.] Confiada en la fraternal benevolencia que usted regalaba a nuestro difunto, estuve igualmente decidida a recomendarnos —yo y mis hijos— a su caritativo corazón, ante la situación económica tan desolada y triste en la que nos encontramos. He esperado hasta ahora en vano una cariñosa respuesta positiva de usted, y el futuro se oscurece tanto más y más que las lágrimas de nuestros ojos. Por ello me atrevo de nuevo a interpelar el sentimiento de compasión de su respetable persona, ante la familia que ha dejado su bendito hermano, que le veneraba profundamente, como todos nosotros. Mi última carta le ha dado una fiel descripción de nuestra situación, la cual, a pesar de la economía y frugalidad de nuestro modo de vida ha devenido triste, a causa de que en los últimos años especialmente, los ingresos de mi santo marido fueron muy escasos, y grandes los gastos de sostenimiento de nuestra casa. De modo que no tenía en absoluto fondo alguno del que pudiéramos vivir, sino que más bien ha dejado algunas deudas tras de sí. Con la exposición de nuestra economía espero salvar las deudas; pero realmente de qué vayamos a vivir yo y mis pobres hijos, ¡sólo Dios lo sabe, padre de huérfanos y viudas! De nuevo recurrimos a su corazón humanitario, en busca de ayuda y protección en esta triste situación, esperando no ser defraudados.


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