Correspondencia
Correspondencia El boceto de esta entera ciencia, en tanto que incluye su propia naturaleza, las fuentes primarias de todos sus juicios, y el método para que cualquiera pueda continuar fácilmente por sí mismo, podría someterlo a su enjuiciamiento riguroso e instructivo en un espacio bastante breve, i. e., en unas cuantas cartas; es esto, precisamente, lo que me augura un excelente resultado y para lo que quisiera pedirle permiso. Pero, puesto que en una empresa de esta importancia un cierto dispendio de tiempo no supone pérdida alguna si puede en cambio proporcionar algo acabado y duradero, tengo aún que rogarle que me mantenga todavía por un poco más de tiempo el bello propósito de adherirse a estos esfuerzos, concediéndole a su realización un poco más de tiempo. Con el fin de reponerme de una larga indisposición que me ha consumido a lo largo de este verano y para no estar sin embargo desocupado en las horas muertas, me he propuesto poner en orden y redactar este invierno mis investigaciones acerca de la filosofía moral pura, en la que no se encuentra principio empírico alguno; lo que sería, por así decir, la metafísica de las costumbres; ella abrirá camino en muchos aspectos a los objetivos más importantes de cara a la figura transformada de la metafísica; cosa que me parece incluso igualmente necesaria de cara a los principios de las ciencias prácticas, tan mal establecidos todavía a estas alturas. Una vez finalizado este trabajo haré uso del permiso que me dio, presentándole cuanto haya avanzado en mis ensayos en metafísica; y le aseguro que no concederé validez a enunciado alguno si no tiene, a su juicio, evidencia perfecta; pues que no pueda obtener esa aquiescencia, significará que se ha malogrado el propósito de fundamentar esta ciencia fuera de toda duda, i. e. sobre la base de reglas totalmente incontrovertibles. Por el momento, su juicio penetrante acerca de puntos principales de mi Disertación me sería muy grato, y también instructivo, porque pienso añadir un par de pliegos todavía para editarla en la próxima feria [del libro]; y querría corregir los fallos del apresuramiento y determinar mejor mi intención. La primera y cuarta sección pueden pasarse por alto como menos importantes, pero en la segunda, tercera y quinta, aunque debido a mi indisposición no las he elaborado en absoluto de forma satisfactoria para mí, se encierra, creo yo, una materia que merecería con seguridad un desarrollo más cuidadoso y amplio. Las leyes más generales de la sensibilidad juegan falsamente un gran papel en la metafísica, donde se trata meramente de conceptos y principios de la razón pura. Parece pues que debe preceder a la metafísica una ciencia totalmente singular, aunque meramente negativa (phaenomologia generalis), en la que se determine la validez y los limites de los principios de la sensibilidad, de modo que no perturben los juicios sobre objetos de la pura razón, como ha sucedido hasta ahora casi siempre. Pues Espacio y Tiempo, y la consideración de los axiomas de todas las cosas bajo sus relaciones, son, de cara a los conocimientos empíricos y a los objetos de los sentidos, algo muy real: contienen realmente las condiciones de todos los fenómenos y juicios empíricos. Pero si algo se piensa no como un objeto de los sentidos, sino como una cosa o substancia en general, por medio de un concepto racional puro y universal, entonces surgen falsas posiciones si a esos básicos conceptos pensados se los quiere someter a las condiciones de la sensibilidad. Yo creo —y tal vez me quepa la felicidad de lograr en este punto su aquiescencia con este ensayo todavía tan deficiente— que una disciplina propedéutica, que preservase a la metafísica de toda mezcla de lo sensible, podría aproximarse fácilmente a cotas útiles de meticulosidad y evidencia.