Correspondencia
Correspondencia Las dificultades teológicas, que sobre todo desde los tiempos de Leibniz y Clarke han colmado de espinas la doctrina del espacio, no me han confundido hasta ahora en este asunto. Todo el éxito en mi caso radica en que prefiero dejar indeterminado todo aquello que no puede ser puesto en claro. Por lo demás mi intención en la ontología no era echar un ojo a otras partes de la metafísica. No pasa nada si el espacio y el tiempo se toman como meras imágenes y fenómenos. Pues además de que una apariencia que permanece es verdad para nosotros, y en ese caso, lo que le está a la base como fundamento nunca será descubierto, o lo será sólo en el futuro, es por ello útil en la ontología ocuparse también de los conceptos que están ocultos por la apariencia, porque su teoría tiene que aplicarse a fin de cuentas a los fenómenos. Pues de este modo comienza también el astrónomo: con el fenómeno; deriva de ahí la teoría de la estructura del cosmos, y la aplica de nuevo a los fenómenos y a sus predicciones en sus efemérides [tablas astronómicas donde se consigna diariamente la posición de las estrellas]. En metafísica, donde la dificultad con las apariencias es tan decisiva, el método del astrónomo sería probablemente el más seguro. El metafísico puede tomar todo como apariencia, separar lo real de lo nulo, y concluir lo verdadero a partir de lo real. Y si en eso procede bien, no dará con muchas contradicciones en los principios, y en general tendrá éxito. Claro que para ello hace falta tiempo y paciencia.