Correspondencia

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¿Qué piensa usted de mi desidia en la correspondencia? ¿Qué piensa su mentor, el Sr. Mendelssohn, y el Sr. profesor Lambert? Ciertamente estas agudas personas se imaginarán que debo ser muy maleducado, pues correspondo tan mal a la molestia que se toman con las cartas que me dirigen; y desde luego los comprendería muy bien si en el futuro se proponen no tomarse nunca más la molestia de moverse por ninguna carta mía. Sin embargo, si la dificultad interna que uno experimenta pudiera aparecer con la misma claridad a los ojos de los demás, barruntarían —espero—, como causa de ello, cualquier cosa en el mundo antes que indiferencia y falta de respeto. Por eso le mego disipe ante esos hombres tan dignos cualquier sospecha del estilo; o mejor, salga al paso de ello, pues que todavía persiste el impedimento que ha ocasionado mi demora tan largo tiempo. Aparte de la mala costumbre de pensar que será más cómodo el correo siguiente que el de hoy, las causas son en realidad dos. Las cartas con que me han honrado estos dos sabios, me enredaron en una larga serie de investigaciones. Usted sabe bien que yo no considero las objeciones razonables sólo desde la perspectiva de cómo podrían ser refutadas, sino que siempre las medito, entrelazándolas con mis propios juicios, concediéndoles el derecho de echar abajo cualesquiera de las opiniones preelaboradas, preferidas por mí. Pues aliento siempre la esperanza de que, examinando imparcialmente mis juicios desde el punto de vista de otros, podré obtener un tertium quid mejor que lo que ya tenía. Además, la simple falta de convicción de hombres tan penetrantes es ya para mí una prueba de que a mis teorías tiene que faltarles algo, al menos en cuanto a claridad, evidencia, o incluso algo más esencial. Ahora bien, una larga experiencia me ha enseñado que I3 comprensión en las materias que nos traemos entre manos no puede forzarse en absoluto, ni acelerarse a fuerza de empeño, sino que necesita un tiempo bastante largo, que permita considerar repetidamente un tipo de concepto en diversidad de relaciones y en contextos tan amplios como sea posible; pero sobre todo para que se despierte entretanto internamente el espíritu escéptico, e intente ver si lo pensado resiste el aguijón de la duda más aguda. En esta faena he empleado —pienso que bien— el tiempo que me he concedido, con riesgo de merecer el reproche de descortesía; pero en realidad, por respeto a los juicios de ambos sabios. Usted conoce la enorme influencia que tiene en la filosofía en su conjunto, e incluso en los fines más importantes del ser humano en general, la comprensión clara y cierta de la diferencia entre lo que se basa en principios subjetivos de las facultades anímicas (no solamente de la sensibilidad, sino también del entendimiento) y lo que concierne directamente a los objetos. Cuando uno no está obsesionado por la manía del sistema, las investigaciones emprendidas acerca de la misma regla fundamental en su aplicación lo más completa posible se verifican unas a otras. Por eso me ocupo ahora de elaborar con algo de detalle una obra que bajo el título de Los límites de la sensibilidad y de la razón, debe contener la relación de los conceptos y leyes fundamentales propios del mundo sensible, junto con el bosquejo de lo que constituye la naturaleza de la doctrina del gusto, de la metafísica y de la moral. Durante el invierno he repasado todos los materiales con los que cuento para esto, he sopesado todo ordenadamente y lo he ajustado, pero aún hace poco que he terminado con el plan.


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