Correspondencia

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Su última carta, además de la habitual satisfacción de no verme todavía extinguido en la memoria de mi querido maestro, me ha causado algo especial, en lo que tal vez usted ha pensado menos de lo que a mí me importa: Mi amigo el Sr. Friedländer me dijo al llegar que usted ya no era el gran partidario de la filosofía especulativa que fue en otro tiempo; ¿qué digo no partidario?: que usted en cierta ocasión literalmente la tachó de sofistería inútil, engendrada por algunos sabios en sus gabinetes, demasiado alejados del alboroto del mundo, como para procurarle a su teoría los cambios adecuados; nada comprendida por el gran resto del mundo; incapaz de ejercer el menor influjo en su bienestar; en consecuencia usted opinaba que el único estudio digno de un sabio sería la moral orientada al hombre común. En este asunto, el sabio penetra en el corazón, aquí estudia los sentimientos y procura ordenarlos conforme a las reglas de la experiencia común. ¡Cómo temblé ante esta novedad! ¿Cómo? —pensaba yo—, ¿había sido entonces puro engaño de mi maestro el haberme encarecido sobremanera en las ocasiones más diversas el valor de la metafísica?; ¿o sentía entonces realmente lo que parecía sentir, y ha sido el tiempo lo que le ha permitido lanzar una mirada con mayor penetración en el interior de esa ciencia, transformando de golpe sus más cálidos sentimientos en una fría aversión?; ¿es ése entonces el destino de todas nuestras satisfacciones, corporales o anímicas, da igual cómo se llamen?; todas nos embriagan por algunos momentos, hacen hervir nuestra sangre, nos permiten ser criaturas celestes durante un breve tiempo, pero al cabo les sigue el más penoso de todos los tormentos, la náusea, imponiéndonos un montón de años de penitencia [en castigo] por los fugaces instantes del goce. ¿Qué ciase de vocerío resultan ser entonces los placeres del espíritu, qué clase de ruido la felicidad que emana de las obras del entendimiento, la más parecida a la de los dioses? ¡Fuera con esa baratija, si no es capaz de ofrecernos nada más que lo que ofrece la satisfacción de cualquier apetito!; mejor dicho, menos, toda vez que el hastío que sigue por el esfuerzo y el tiempo empleados en vano, tiene que despertar en nosotros un arrepentimiento interminable. Bien decidido estaba yo realmente a esquivar a tiempo este destino, a desistir en lo sucesivo de todas las ciencias, e incluso a ahogar en el parto a mi criatura alumbrada a medias; pero su carta me salvó a tiempo de mi desvarío; Usted es el devoto de la especulación de siempre, y solamente un cierto bajón de ánimo puede haberle dejado decir alguna vez lo contrario; está de nuevo centrado en dar al mundo una gran obra; todavía proclama que la felicidad del género humano estriba en las verdades que se sitúan más allá de los límites del conocimiento. ¡Oh, qué prenda segura es en mis manos esta confesión del mayor amigo de la humanidad, cuando dice que no puede dejar de interesarse por aquello que constituye el único medio para la felicidad!


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