CrÃtica de la razón pura
CrÃtica de la razón pura Nuestro asunto no es aquà el de tratar de la ilusión empÃrica (v. g. de la óptica) que se produce en el uso empÃrico de reglas del entendimiento —que por lo demás son exactas— ilusión por la cual el juicio es seducido por influjo de la imaginación; sino que hemos de tratar tan sólo de la ilusión transcendental, que penetra en principios, cuyo uso no es ni siquiera establecido en la experiencia, caso en el cual tendrÃamos al menos una piedra de toque de su exactitud, sino que nos conduce, contra todos los avisos de la crÃtica, allende el uso empÃrico de las categorÃas y nos entretiene con el espejismo de una amplificación del entendimiento puro. Vamos a llamar inmanentes los principios, cuya aplicación se contiene del todo en los lÃmites de la experiencia posible; y transcendentes, los principios destinados a pasar por encima de esos lÃmites. Entre estos últimos, empero, no cuento el uso transcendental o mal uso de las categorÃas, el cual es sólo una falta del Juicio, insuficientemente frenado por la crÃtica, y no bastante atento a los lÃmites del territorio en el cual tan sólo le es permitido moverse al entendimiento puro. Sólo considero transcendentes ciertos principios reales que nos piden que echemos abajo los cercados todos y pasemos a otro territorio, completamente nuevo, en donde ninguna demarcación es conocida. Por lo tanto, no es lo mismo transcendental que transcendente. Los principios del entendimiento puro, expuestos más arriba, sólo deben tener uso empÃrico y no transcendental, es decir, que exceda a los lÃmites de la experiencia. El principio, empero, que suprime esas limitaciones y aun nos ordena franquearlas, se llama transcendente. Si nuestra crÃtica puede llegar a descubrir la ilusión de esos pretendidos principios, entonces esos principios del mero uso empÃrico, podrán llamarse principios inmanentes del entendimiento puro, por oposición a los otros.