Historia natural y teoria general del cielo
Historia natural y teoria general del cielo Admitiendo finalmente otra idea que es tan probable como conveniente a la constitución de las obras divinas, se aumentará la satisfacción que esta descripción de las variaciones de la naturaleza produce, al máximo grado del placer. ¿No podremos suponer que la naturaleza que era capaz de desarrollarse desde el caos hacia un orden regular y un sistema adecuado, tenga también habilidad para restaurarse con la misma facilidad del caos en que la disminución de sus movimientos la ha hundido, y renovar la primera vinculación? ¿No será posible que los resortes que transmitieron el movimiento y el orden a la materia dispersa, sirvan también en el estado inmóvil en que quedaron al pararse la máquina, para entrar nuevamente en función por la influencia de fuerzas más amplias, y para llevarse a la concordancia de acuerdo a las mismas reglas que hicieron posible la formación original? No se vacilará largo tiempo para admitirlo si se considera que, después que la lentitud final de las revoluciones en la estructura mundial haya arrojado todos los planetas y cometas sobre el sol, éste debe sufrir un inconmensurable aumento de su calor por la mezcla de tantos y tan grandes conglomerados, máxime porque los globos más lejanos de nuestro sistema solar contienen, de acuerdo a la teorÃa que antes demostramos, la materia más liviana y combustible de toda la naturaleza. Este fuego llevado a la máxima violencia por el nuevo alimento y la más fugaz materia, no sólo disolverá sin duda todo nuevamente en los más pequeños elementos, sino también los extenderá de esta manera con una fuerza expansiva adecuada al calor y con una velocidad no debilitada por ninguna resistencia del espacio intermedio, y los dispersará por estos mismos vastos espacios que habÃan ocupado antes de la primera formación de la naturaleza. Una vez mitigada la violencia del fuego central por una dispersión casi completa de su masa, por la relación de las fuerzas de atracción y repulsión se repetirán las antiguas creaciones y los movimientos sistemáticamente relacionados con no menor regularidad, presentando asà un nuevo edificio mundial. Cuando de esta manera un determinado sistema planetario ha llegado a la ruina y se ha restaurado de ella por fuerzas esenciales, y cuando tal vez haya repetido este juego más de una vez, entonces se acercará finalmente el perÃodo que de la misma manera reunirá en un caos debido a la decadencia de sus movimientos el sistema grande del que las estrellas fijas forman parte. Aquà se dudará aún menos que la conjunción de una cantidad tan ilimitada de fuegos como lo son los soles ardientes junto con el séquito de los planetas, dispersará la materia de sus masas, disuelta por el calor inconcebible, a través del antiguo espacio de su esfera de formación, donde servirá de materia para nuevas formaciones por medio de las mismas leyes mecánicas y llenará nuevamente el espacio desierto con mundos y sistemas. Y cuando seguimos este fénix de la naturaleza que sólo se quema para resurgir rejuvenecido de su ceniza, a través de toda la infinidad de los tiempos y los espacios; cuando vemos cómo la naturaleza hasta en la región donde decae y envejece, es inagotable en la creación de nuevos escenarios y progresa en el lÃmite opuesto de la creación, en el espacio de la informe materia bruta, con paso continuado para propagar el plan de la manifestación divina, entonces el espÃritu que considera todo esto, se hunde en un profundo asombro; pero todavÃa no satisfecho con este tema tan grandioso cuya transitoriedad no basta para contentar el alma, desea conocer de cerca aquel ser cuya sabidurÃa y cuya magnitud son la fuente de aquella luz que se extiende sobre toda la naturaleza como desde un centro. Con cuánta devoción deberá mirar el alma hasta su propio ser al considerar que ella ha de sobrevivir a todas estas transformaciones, y de sà misma puede decir lo que el poeta filósofo dice de la eternidad: