Historia natural y teoria general del cielo

Historia natural y teoria general del cielo

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Los índices de esta formación de los cuerpos siderales de materia elemental originariamente extendida se observa con placer en la amplitud de los espacios intermedios que separan sus órbitas entre sí y que, según este concepto, deben ser considerados como los compartimientos vacíos de donde los planetas han sacado la materia para su formación. Se ve cómo estos espacios intermedios entre las órbitas están en relación con la magnitud de las masas formadas de ellos. La distancia entre las órbitas de Júpiter y de Marte es tan grande que el espacio comprendido en ellos supera la superficie de todos los círculos planetarios inferiores tomados en conjunto, pero también es la que debe corresponder al más grande entre todos los planetas, aquel que tiene mayor masa que todos los otros juntos. Esta distancia entre Júpiter y Marte no se puede atribuir a la finalidad de que sus atracciones se estorben entre ellas lo menos posible. Pues de acuerdo a este argumento, el planeta entre dos círculos se hallaría siempre más cerca de aquel planeta cuya atracción reunida a la suya puede estorbar en menor grado las revoluciones de ambos alrededor del sol, por consiguiente a aquel que tiene la menor masa. Como de acuerdo a los cálculos exactos de Newton la fuerza con que Júpiter puede influir en la revolución de Marte se halla a aquella que ejerce sobre Saturno por las atracciones unidas, en la proporción de 1/12512 a 1/200, es fácil calcular cuánto más cerca debería hallarse Júpiter de la órbita de Marte que de la de Saturno, si su distancia fuese determinada por la finalidad de su relación exterior y no por el mecanismo de su formación. Pero como ello no es así, como un círculo planetario con respecto a los dos círculos que están arriba y debajo de él muchas veces dista más de aquel en que gira un planeta menor que de la órbita de uno de mayor masa, y como la dimensión del espacio que rodea el círculo de cada planeta tiene siempre una justa proporción con su masa, es evidente que ha sido el modo de la formación que ha determinado estas relaciones y que, siendo estas determinaciones, según parece, vinculadas entre ellas como la causa y la consecuencia, la conclusión más acertada será la de considerar los espacios comprendidos entre los círculos como los depósitos de aquella materia que ha entrado en la formación de los planetas. La conclusión inmediata de ello es que la magnitud de los planetas debe estar proporcionada a la de sus masas, relación que en los planetas más alejados es aumentada por la mayor dispersión de la materia elemental en estas regiones durante su estado primitivo. Por consiguiente, de dos planetas que se igualan aproximadamente en masa, el más alejado debe tener un mayor espacio de formación, es decir una mayor distancia de los dos círculos vecinos, tanto porque la materia era allá de una especie específicamente más liviana como porque estaba más dispersa que en aquel planeta que se formaba en mayor proximidad del sol. Por lo tanto, aunque la Tierra junto con la luna no parece igualar a Venus en contenido corpóreo, necesitaba alrededor de ella un espacio de formación más grande, porque tuvo que formarse de una materia más dispersa que aquel planeta inferior. Por estos motivos se puede suponer de Saturno que su esfera de formación se haya extendido mucho más por el lado opuesto al centro que en el lado que da hacia él (lo que rige para casi todos los planetas), y por consiguiente, el espacio comprendido entre el círculo de Saturno y la órbita del planeta superior vecino a éste que se puede suponer por encima de él, ha de ser mucho mayor que el espacio comprendido entre Saturno y Júpiter.


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