Pedagogía
Pedagogía Es curiosa la actitud del filósofo de Königsberg ante la revolución francesa. Hombre moderado y amante del orden como era, tras depositar inicialmente en ella la esperanza de ver realizada su particular versión de la república de la igualdad y la libertad, pronto se sintió alejado de sus objetivos y, sobre todo, de sus métodos, del terror. Reza el anecdotario que Kant, cuya vida seguía una regularidad tan pasmosa que servía a los burgueses de Königsberg para poner el reloj en hora, sólo una vez dejó de hacer sus visitas cotidianas, cuando se enfrascó en la lectura del Emilio, y sólo una vez se desvió del itinerario habitual en su paseo vespertino: para recibir anticipadamente la prensa francesa que traía noticias de la revolución. Lo importante para él, sin embargo, no era tanto la revolución misma como las expectativas que despertaba y el calor y la atención con que era seguida, indicios de esa tendencia de la humanidad a progresar hacia lo mejor.
Para Kant, el hombre es lo que la educación hace de él. En esa perspectiva de progreso, por consiguiente, la educación juega un papel primordial. «Arrebata imaginar», escribe en la Pedagogía —o hace escribir a Rink—, «que la naturaleza humana se desarrolle cada vez mejor mediante la educación y que ésta pueda adquirir una forma adecuada para la humanidad. Esto nos abre la perspectiva de un futuro género humano más feliz.»[28]