Diario de un seductor
Diario de un seductor ¿Qué tiene que ver con los misterios del amor que mi tía se llame Mariana, Christoper mi tío o que mi padre alcanzara el grado de mayor? Incluso nuestra vida pasada debe perder todo sentido.
Por otra parte, no creo que se pueda decir de un modo apropiado que una muchacha tenga cosas que contar. Y si algo sabe, puede que valga la pena escucharla pero no amarla. Yo, por lo menos, no exijo historias de ninguna clase: me basta con lo inmediato.
Es una eterna ley del amor que dos seres deben sentirse nacidos uno para el otro, tan sólo en el primer momento en que comenzaron a amarse.
Ahora debo tratar de inspirar en Cordelia cierto grado desconfianza, o, mejor, alejar de su mente algunas dudas. No pertenezco seguramente al número de los amantes que se aman por estimación y que, por estimación, echan hijos al mundo. Pero sé bien que el amor exige que estética y moralmente no se pongan en conflicto, mientras la pasión esté aún adormecida. Entonces, el amor encuentra su propia dialéctica.