Diario de un seductor
Diario de un seductor Y ahora, un poco de paciencia, sin apremios: me la han destinado y algún día me pertenecerá.
Pasear solo por la Ostergade, al anochecer, es una de las cosas que prefiero, que más amo.
Sí, sí, hoy he visto al seguidor que le sigue a usted por todas partes.
Pero ¿cómo he podido ser tan mal pensado como para creer que a usted le gustaba ir sola?
¿Es que seré yo tan inexperimentado como para no darme cuenta de la seria y plácida figura del sirviente? Pero… ¿por qué anda usted tan deprisa? Es indudable que se siente cierto temor, ¿no es verdad?, un ligero estremecimiento en el corazón, no a causa de un intenso deseo de volver a casa, sino por un recelo vago o indeterminado que sobresalta todo nuestro cuerpo y nos impulsa a apretar el paso. Pero es algo magnífico e impagable poder ir sola, aunque con el lacayo detrás.
Tiene dieciséis años, ha leído algo… es decir, novelas. Al cruzar la habitación del hermano, capto algunas palabras de un diálogo entre éste y sus amigos que se referían a la Ostergade. Después, cruzo varias veces por la habitación, con el único propósito de oír algo más.
