Diario de un seductor
Diario de un seductor Usted se muestra aún un poco recelosa… pues no ha podido olvidar aquella odiosa figura. Pero, mientras, empieza a sentirse mucho mejor dispuesta hacia mÃ; mi estupor, que me impide abordarla, le devuelve el dominio de sà misma. Esto le agrada y se siente más segura. Casi siente la tentación de reÃrse un poco de mÃ… Estoy seguro de que en estos momentos, hasta serÃa capaz, si se atreviera, de tomarme del brazo.
¿De modo que usted reside en la Stormgade?
¿Por qué me dirige esa breve y frÃa reverencia? ¿Es que acaso la merezco por haberla arrancado de una situación violenta? Pero en seguida se arrepiente, ¿no es cierto? Ahora se vuelve usted, me agradece mi amabilidad, me tiende la mano… Pero ¿por qué palidece? ¿Es que mi voz se alteró, no me comporto como siempre, no mantengo las manos quietas y los ojos tranquilos? Y ese apretón de manos… Pero ¿es que un apretón de manos significa algo? Desde luego, muchÃsimo, mi amada señorita y dentro de quince dÃas se lo explicaré; mientras, la duda luchará en su alma.
Soy un hombre bueno, que acudió caballerosamente para ayudar a una niña y que sólo puede estrecharle la mano por simple cortesÃa…
«El lunes, sobre la una, en la Exposición».
De acuerdo, tendré el honor de encontrarme en el lugar convenido, a la una menos cuarto. Una cita.
