Diario de un seductor
Diario de un seductor Esa sonrisa me permite introducirme en su confianza, lo que ya es algo… Gracias, muchas gracias, chiquilla mía; esa sonrisa vale, a mis ojos, mucho más de lo que puedes creer: esa sonrisa es un inicio y el inicio resulta siempre lo más difícil. Ahora nos conocemos ya y nuestro conocimiento se basa en una situación enardecedora. De momento, me basta. Y yo me quedaré aquí otra hora a lo sumo. En una hora, he de saber quién es usted. ¿Para qué, sino para eso, sirve la oficina de Registro Domiciliario?
¿Es que estoy ciego? ¿Es que he perdido la energía visual de mi mirada íntima del alma? La vi un solo instante, como una aparición celestial, y ahora su imagen se ha desvanecido por completo en mi memoria. Trato, inútilmente, de recordarla. Pero la reconocería entre miles de muchachas. Está lejos de mí, y en vano la busca mi ilimitado deseo, con los ojos del espíritu.
Me estaba paseando por la «Línea larga», sin prestar aparentemente atención al mundo que me rodeaba: pero, por el contrario, nada escapaba a mis encantadores ojos… La vi. La mirada, negándose a obedecer por más tiempo la voluntad de su dueño, se quedó fija en ella.