Diario de un seductor
Diario de un seductor No pude realizar el menor movimiento: no veía, pero sí miraba con ojos abiertos de par en par, que se clavaban en ella. El ojo, como el esgrimista que se queda irreductible en su sitio, permanecía firme, petrificado en la dirección tomada. No pude bajarlos, me resultó imposible ocultar mi mirada, no conseguí ver nada, pues estaba viendo demasiado.
Lo único que me quedó grabado en la mente fue una capa verde que ella lucía. Y nada más. Lo mismo que aquel que vio las nubes en lugar de la diosa Juno.
La acompañaba una dama de más edad, su madre sin duda. A esta última podría describirla minuciosamente, aunque sólo la miré al vuelo y, en cambio, olvidé a la muchacha que tan profunda impresión me había causado. ¡Así son las cosas! Se me escapó, como José ante la mujer de Putifar, y no me quedó más que la capa…
Mi alma aún forcejea, atenazada por la misma contradicción. Sé que la he visto, pero también sé que la he olvidado y así, este residuo de recuerdo puede brindarme poco consuelo. Mi alma reclama aquella imagen con tanto desasosiego y tanta violencia, como si todo mi bien estuviera en juego. Sin embargo, no puedo distinguir nada; desearía arrancarme los ojos para castigarlos por haber olvidado con tal facilidad.
