Diario de un seductor

Diario de un seductor

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Las olas me adormecen con su música en sordina, que se diría una monótona caricia de cuna; el apresurado paso de las nubes y la fuga de las luces y de las sombras me embriagan y sueño, con la suave vigilia. También ahora, retirados los remos, estoy tendido sobre las velas dobladas y me dejo llevar sin objetivo por el deseo y la impaciente espera.

Espera y deseo se ablandan cada vez más y me acunan y me acarician igual que a un niño. Y la esperanza va ensanchando por momentos su ciclo sobre mí, y una imagen, su imagen, pasa vagamente por el éter, como la luna, a veces cegándome de luz ya veces cegándome de sombras.

¡Qué placer voluptuoso dejarse acunar por las temblorosas aguas!

21 de abril

Los días van pasando uno tras otro y yo sigo buscándola en vano… Más que nunca me alborozo pensando en ella, pero mi alma no tiene deseo de alegrarse. Esto, con frecuencia, me entristece y me perturba, nublándomela vista.

Ahora va a llegar la estación más hermosa, en la que, cuando se vive al aire libre, se puede adquirir lo que vamos a pagar bastante caro con la vida de sociedad durante el invierno.


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