Diario de un seductor
Diario de un seductor Tal vez ella ni siquiera reside en la ciudad; quizá venĂa del campo, quizás… AcabarĂa enloqueciĂ©ndome con todos esos «quizás». Y cuando más me torturo más se me presentan. En vano la voy buscando en los teatros, en los conciertos, en los bailes y en los paseos.
Hasta cierto punto, me alegro de no encontrarla allĂ, pues una muchacha que toma parte en muchas diversiones no merece ser conquistada. Por lo general, le falta esa fresca espontaneidad que es y seguirá siendo para conditio sine qua non.
No resulta tan imposible encontrar a Preciosa entre los gitanos, como en un salón de baile donde las muchachas se ofrecen en venta, de modo inocente, claro está, ¡y que Dios guarde a quien piensa de otro modo![5].
Pero, criatura, ¿por qué no se queda usted tan tranquila debajo del portón? Nada hay de extraño en que una muchacha intente guarecerse cuando llueve. Yo también lo hago, cuando no tengo paraguas, y algunas veces aunque lo tenga, como, por ejemplo, ahora. Lo hacen asimismo muchas damas respetables, sin siquiera pensarlo. Se queda uno allà quieto, vuelto de espaldas a la calle, de manera que los transeúntes no sepan si se está allà detenido o para ir a visitar a alguien que vive en la casa.
