Diario de un seductor
Diario de un seductor —Quizá pueda decirme algo de la señorita que en estos momentos asoma la cabeza por el portón y que sin duda está preocupada porque carece de paraguas: mi paraguas y yo la buscamos.
—¿Se rÃe? ¿Me permitirá que mañana envÃe a mi sirviente para recogerlo o prefiere que vaya en busca de un coche para usted?
—Por favor, nada tiene que agradecerme: se trata tan sólo de una irrenunciable gentileza.
Esa joven es de las más briosas que conocÃ; tiene una mirada muy infantil y, al mismo tiempo, muy provocativa; su espÃritu guarda una encantadora reserva y, sin embargo, tiene tal avidez de saber cosas ¡Ve con Dios, niña mÃa!; de no haber sido por una capa verde, habrÃa deseado trabar contigo un conocimiento más profundo…
¡Bondadoso azar; gracias, mil gracias!
