Diario de un seductor
Diario de un seductor Johannes:
No te llamo… mÃo. Comprendo perfectamente que jamás lo fuiste y por eso me siento castigada con tanta dureza por haberme aferrado a esa idea, como a mi única alegrÃa. Pero te llamo mÃo, mi seductor, mà embaucador, mà enemigo, origen de mi desventura, tumba de mi dicha, abismo de mi desdicha.
Te llamo mÃo y me considero tuya: y todas estas palabras que antes acariciaban tus sentidos arrodillados delante de mà en adoración, han de sonar como una maldición para ti, una maldición para toda la eternidad.
Pero ¡no debes alegrarte por esto, no imagines que, persiguiéndote en vano o tal vez armando mi mano con un puñal, deseo provocar tu burla! Vayas donde vayas, seguiré siendo tuya, siempre a pesar de todo; aunque te retires a los confines del mundo, seré tuya; aunque ames, por centenares a otras mujeres, será tuya, tuya hasta la muerte. El mismo lenguaje que contra ti empleo demuestra que lo soy.
Te atreviste a una gran villanÃa seduciéndome a mÃ, a un pobre ser, hasta el punto de que para mà lo eras todo, la plenitud, y yo no deseaba ningún otro gozo que ser tu esclava.
SÃ, soy tuya, tuya, tuya: soy tu maldición.
Tu Cordelia.
Johannes:
