Diario de un seductor
Diario de un seductor Pero, como si todo se conjurase contra mí, al dueño de la casa se le ocurre tomar en serio mis palabras y el buen hombre declara que no va a dejarme salir si antes no me tomo el té, y, a modo de expiación por mi falta, no lo sirvo a las señoras presentes. Yo sabía muy bien que esto me correspondía por deber de buena educación y que, por gusto o a la fuerza, debía quedarme.
Ella ha desaparecido…
¡Qué hermoso es estar enamorado y qué extraño resulta saberlo!
Esa es la diferencia. Podría incluso enloquecer pensando que la he perdido por segunda vez y, pese a todo, experimento una sensación de alegría. Su imagen ondea indefinida ante mi espíritu. Y la veo tanto en su aspecto ideal como en su figura real, que es lo encantador. No soy impaciente: ella vive en la ciudad y esto me basta. Su verdadera imagen deberá mostrárseme. Todo debe gozarse a largos intervalos.
