Diario de un seductor
Diario de un seductor Acabo de ver su piececito y, cual un buen naturalista de la escuela de Cuvier, saqué mis conclusiones. ¡Rápido, pues! ¡Cómo mi ansiedad aumenta su belleza! Pero no, el temor no es hermoso por sà mismo si no va acompañado por el deseo de dominarlo. ¡Al fin! ¡Con qué seguridad se afirma su diminuto pie!
Nadie se ha dado cuenta de todo esto. Tan sólo en el momento de bajar, ha pasado una sombra ante usted.
¿Mira usted a su alrededor, con cierta turbación, con aire de orgulloso desdén? ¿Una mirada suplicante, con lágrimas en los ojos? Ambas cosas son igualmente hermosas a mi juicio y de las dos me apropio.
Sin embargo, soy pérfido… ¿Cuál es el número de su casa? ¡Ah, no! No va a su casa sino a una tienda de objetos de lujo. ¿Es que, acaso, soy inoportuno siguiéndola, mi hermosa desconocida? Pero ella ya me ha olvidado. Cuando no se han cumplido aún los dieciséis años y se va de compras, se observa con tal placer todo lo que se tiene entre las manos que lo demás se olvida con gran facilidad.
Aún no me ha visto, aunque me encuentro al otro extremo del mostrador; en la pared de enfrente cuelga un espejo. ¡Desgraciado espejo que puedes reflejar su imagen pero no a ella misma! Y ni siquiera puedes adueñarte de esa imagen, espejo desdichado y ocultarla al mundo, sino que la traicionas a todos, como ahora a mÃ…
