Diario de un seductor

Diario de un seductor

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Siempre tuve cierto respeto para con la moral. Ni en broma prometí jamás casarme con una muchacha. Y si ahora quebranto mi norma, esto será tan sólo aparente pues he de saber obrar de manera que Cordelia me libre de todo compromiso por sí misma. Mi orgullo de caballero estima cosa despreciable hacer promesas.

Un juez comete una ruindad cuando intenta convencer a un delincuente a que confiese con la promesa de la libertad. Semejante juez ha renunciado a su fuerza y a su talento. Yo tan sólo deseo lo que se me regala en el más estricto sentido del vocablo. Los seductores inexpertos se sirven de recursos desleales, pero ¿qué es lo que consiguen? Quien no sepa mantener fascinada a una muchacha, tanto que ella no sepa ver nada fuera de lo que se quiere que vea; quien no sepa identificarse con el ser de ella hasta conseguir cuanto desea, es un inepto, un inútil. No le envidio sus goces. Un hombre de esa especie es siempre un incapaz y no deseo que puedan tildarme de impotencia.






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