Diario de un seductor
Diario de un seductor Cordelia ya no está tan segura de mà como antes. En el pasado, se me acercaba casi siempre femeninamente segura; ahora vacila bastante. Esto, sin embargo, no significa gran cosa y no me iba a costar mucho volver las cosas al estado anterior. Pero no quiero hacerlo. Pocas exploraciones más en su alma y luego, el compromiso. No se me va a oponer muchas dificultades, Cordelia dirá un sà convencido al que seguirá un cordial Amen de la tÃa. ¡Y la tÃa no cabrá en sà de satisfacción ante la alegrÃa de tener un yerno en ciernes tan lleno de economÃa agrÃcola!
Todo nos envuelve como una enredadera cuando nos arriesgamos en ese terreno. ¡Yerno! En realidad, no me convertirÃa en yerno suyo, sino en un sobrino o, mejor, si Dios quiere, ni en una cosa ni en otra.
Hoy he recogido el fruto de un rumor que lancé a la circulación, es decir, que estoy enamorado de una joven. Por medio de Eduard, el secreto llegó a oÃdos de Cordelia. Es muy curiosa, me observa pero no osa preguntarme. Y, sin embargo, no le resulta indiferente averiguar si es cierto o no, en parte porque le parece imposible, en parte porque verÃa en eso un hecho significativo también para ella. Si un hombre tan lleno de ironÃa helada como yo, es capaz de enamorarse, ¿por qué no podrÃa hacerlo ella sin tenerse que avergonzar?
