Diario de un seductor

Diario de un seductor

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Cordelia ya no está tan segura de mí como antes. En el pasado, se me acercaba casi siempre femeninamente segura; ahora vacila bastante. Esto, sin embargo, no significa gran cosa y no me iba a costar mucho volver las cosas al estado anterior. Pero no quiero hacerlo. Pocas exploraciones más en su alma y luego, el compromiso. No se me va a oponer muchas dificultades, Cordelia dirá un sí convencido al que seguirá un cordial Amen de la tía. ¡Y la tía no cabrá en sí de satisfacción ante la alegría de tener un yerno en ciernes tan lleno de economía agrícola!

Todo nos envuelve como una enredadera cuando nos arriesgamos en ese terreno. ¡Yerno! En realidad, no me convertiría en yerno suyo, sino en un sobrino o, mejor, si Dios quiere, ni en una cosa ni en otra.

23 de julio

Hoy he recogido el fruto de un rumor que lancé a la circulación, es decir, que estoy enamorado de una joven. Por medio de Eduard, el secreto llegó a oídos de Cordelia. Es muy curiosa, me observa pero no osa preguntarme. Y, sin embargo, no le resulta indiferente averiguar si es cierto o no, en parte porque le parece imposible, en parte porque vería en eso un hecho significativo también para ella. Si un hombre tan lleno de ironía helada como yo, es capaz de enamorarse, ¿por qué no podría hacerlo ella sin tenerse que avergonzar?


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