Diario de un seductor

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2 de agosto

Ha llegado mi hora. He encontrado a la tía par la calle; sabía, además, que Eduard estaba en la Aduana, por lo que podía calcular que Cordelia estaba sola en casa. Efectivamente, estaba sola sentada a su mesita de trabajo. Al verme, se estremeció ligeramente, porque no acostumbro a visitar a la familia par la mañana.

Faltó muy poco para que la situación tomase un rumbo excesivamente agitado. Y la culpa no hubiera sido de Cordelia que se recobró en seguida; en cambio, yo experimente una inexplicable imprecisión pese a la coraza con la que pretendo escudarme.

Estaba encantadora con su trajecito de muselina a rayas azules y can una rosa fresca en el pecho. Ella misma era una fresca flor; con la frescura suave de la flor apenas abierta. ¿Quién puede saber por donde vaga el alma de las jóvenes durante la noche? Imagino que por el país de las ilusiones; y cuando por la mañana vuelven a este país, traen consigo un virginal aliento de frescura.

¡Tenía un aspecto tan juvenil y, a la par, tan maduro! En ese instante parecía salida de las manos de la naturaleza, la madre tierna y rica. Y me pareció que había asistido a ese nacimiento, a esa separación y haber visto a la madre amorosa tomarla una vez más en los brazos y decirle:


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