El concepto de la angustia
El concepto de la angustia El pecado no entra de otra manera en el mundo, ni nunca jamás ha entrado de otro modo. Por eso hace el payaso el individuo que es tan estúpido como para preguntar por el pecado como algo que no le concierne. Porque una de dos: o ese individuo ignora en absoluto de qué se habla, y es imposible que nunca lo llegue a saber; o lo sabe y lo comprende, al mismo tiempo que no ignora que ninguna ciencia es capaz de esclarecérselo. No obstante, la ciencia ha estado a veces demasiado inclinada a acceder con hipótesis cavilosas a todos esos deseos sentimentales, si bien al final terminaba concediendo que semejantes hipótesis no aportaban una explicación suficiente. Esto es, por lo demás, completamente cierto; pero la confusión está en que la ciencia no sea lo bastante enérgica como para rechazar de plano tales cuestiones insensatas, sino que, al revés, les ha dado a entender a los supersticiosos, confirmándolos en sus esperanzas, que muy bien podrÃa surgir sin tardar mucho uno de esos proyectistas cientÃficos que fuese el hombre que diera en el blanco. Se comenta que el pecado vino al mundo hace seis mil años, y se dice esto exactamente con el mismo énfasis que se pone al afirmar que ya hace cuatro mil que Nabucodonosor se convirtió en buey[14]. Asà no es de extrañar que la explicación resulte a tono con lo dicho. Con todo esto lo que se logra es convertir en la cosa más difÃcil aquello que en cierto sentido es lo más sencillo del mundo. Lo que el hombre más simple comprende muy bien a su manera —porque entiende que no hace justamente seis mil años que el pecado ha venido al mundo—, eso mismo, recurriendo al arte de los proyectistas, lo ha lanzado la ciencia al aire como si fuera una pregunta de concurso, una pregunta que nunca ha sido todavÃa respondida satisfactoriamente. El hombre, cualquiera que sea, no tiene otra manera de llegar a comprender cómo ha entrado el pecado en el mundo si no es partiendo única y exclusivamente de su misma interioridad. El que pretenda aprenderlo de otro hombre, eo ipso lo entenderá mal. La única ciencia que tiene algo que hacer aquà es la PsicologÃa, la cual, sin embargo, nunca dejará de confesar que su explicación es muy limitada y que no puede ni quiere explicar más, de tal suerte que no se trata de una explicación. Porque todo quedarÃa embrollado en cuanto una ciencia, cualquiera que sea, estuviese en condiciones de explicarlo. Es ciertÃsimo que todo hombre de ciencia debe olvidarse de sà mismo. Pero, en este sentido, también es una suerte que el pecado no sea un problema cientÃfico; y, consiguientemente, ningún hombre de ciencia ni tampoco ningún proyectista pueden sentirse de veras obligados a olvidar cómo vino el pecado al mundo. Si ellos lo quieren, si quieren olvidarse tan generosamente de sà mismos, entonces, con su celo enorme por esclarecer todos los asuntos de la humanidad, resultarán tan cómicos como aquel consejero áulico que de tanto dar a propios y extraños sus tarjetas de visita se le llegó a olvidar al fin su propio nombre. O también puede suceder que su entusiasmo filosófico les haga tan olvidadizos de su propia persona que necesiten a su lado una esposa de buena pasta y sobria a quien puedan hacerle sus preguntas decisivas, como en el caso de Soldino[15], el cual, estando también en cierta ocasión entusiásticamente olvidado de sà mismo y perdido en la objetividad de la charla, le preguntaba a Rebeca: «¡Rebeca, soy yo el que está hablando!».