El concepto de la angustia
El concepto de la angustia Al llegar aquí, más de uno querría preguntar a tiro hecho en qué sentido y hasta qué punto persiguen su objeto las observaciones de la Psicología. La respuesta es bien sencilla, tanto en razón del mismo tema como atendiendo a lo que venimos diciendo. A saber, que toda observación de la realidad del pecado —en cuanto esa realidad puede ser objeto del pensamiento— cae fuera del campo propio de la observación psicológica y pertenece propiamente a la Ética. Esto no quiere decir que la realidad del pecado sea un objeto de observación para la Ética, puesto que esta ciencia no practica tal método, sino que más bien acusa, juzga y actúa. Otra consecuencia evidente de lo anteriormente dicho es que la Psicología no tiene nada que hacer con el detalle de la realidad empírica, a no ser en cuanto ésta se sitúa fuera del pecado. La Psicología en cuanto ciencia nunca se entretendrá empíricamente con el detalle que le está sometido, si bien es verdad que ese detalle podrá ser científicamente representado de una manera adecuada en la medida en que la Psicología se torne más concreta. Lo curioso es que en nuestro tiempo esta ciencia —que como ninguna otra ciencia tiene el derecho de casi llegar a emborracharse con la espumosa variedad de la vida— se ha vuelto tan sobria y ascética como un despiadado verdugo de sí mismo. La culpa, desde luego, no es de ella misma, sino de quienes la cultivan. En cambio (por contraste con la variedad de la vida), a la Psicología le está vedado todo el contenido de la realidad del pecado y sólo su posibilidad le pertenece hasta cierto punto. En la perspectiva ética nunca aparece, naturalmente, la posibilidad del pecado, y la Ética no se deja embaucar ni tampoco pierde el tiempo con semejantes consideraciones en torno a la posibilidad. Estas consideraciones son precisamente las que entusiasman a la Psicología, y así no es nada extraño que ésta se pase las horas muertas dibujando los perfiles y calculando los ángulos de la posibilidad, sin que nada ni nadie le distraiga de este menester, algo así como lo que ocurría con el absorto Arquímedes.