La Enfermedad Mortal
La Enfermedad Mortal La primera parte de este libro ha marcado incesantemente una graduación de la conciencia del yo: en primer término el hombre ignorante de su yo eterno (Libro III, cap. II, a), luego el hombre consciente de un yo, en el cual hay sin embargo eternidad (Libro III, cap. II, b) y en el interior de esas divisiones (I, 1.º, 2, 2.º) también se han destacado graduaciones. Invirtamos ahora los términos dialécticos de todo ese desenvolvimiento. He aquà de qué se trata. Esta graduación de la conciencia, se ha visto hasta aquà desde el ángulo del yo humano, del yo cuya medida es el hombre, como se ha tratado. Pero ese mismo yo ante Dios, adquiere por este hecho, una cualidad o una calificación nueva. No sólo es ya el yo humano, sino también lo que llamarÃa —con la esperanza de no ser mal comprendido— el yo teológico, el yo ante Dios. ¡Y qué realidad infinita no adquiere entonces por la conciencia de estar ante Dios, yo humano ahora a la medida de Dios! Un vaquero que no fuera más que un yo ante sus vacas, no serÃa sino un yo bastante inferior; de igual modo un soberano, yo ante sus esclavos, no es más que un yo inferior y en el fondo ni es uno, pues en ambos casos falta la escala. El niño, que aún no ha tenido más que a sus padres por medida, serÃa un yo cuando a la edad de hombre, tuviera al Estado por medida; ¡pero qué acento infinito no da Dios al yo transformándose en su medida! La medida del yo es siempre lo que el yo tiene ante sà y esto es definir lo que es la medida. Como nunca se suma más que magnitudes del mismo orden, todo es asà cualitativamente idéntico a su medida; medida que es al mismo tiempo su regla ética; por lo tanto, medida y regla expresan la cualidad de las cosas. No sucede sin embargo lo mismo en el mundo de la libertad: aquà si no se es de cualidad idéntica su regla y medida, no obstante, uno mismo es responsable de esta descalificación, de modo que la regla y la medida —cuando llega el juicio—, que han permanecido siendo a pesar de todo invariables, manifiestan lo que no somos: nuestra regla y nuestra medida.