La Enfermedad Mortal
La Enfermedad Mortal ¡Pero al menos necesitarÃas para pastores a hombres creyentes! ¡Y creyentes que crean! Pero creer es como amar, incluso de tal modo en el fondo por el entusiasmo, que el más enamorado de los enamorados no resulta más que un adolescente aliado del creyente. Observad al hombre que ama. ¿Quién no sabe que él podrÃa incesantemente, dÃa tras dÃa, desde la mañana hasta la noche, hablar de su amor? ¿Pero quién creerÃa que él tiene la idea, el poder de hablar como nuestras gentes? ¿Qué él no abomina del hecho de pretender probar en tres puntos que después de todo hay un sentido en su amor?… Casi como el pastor cuando prueba en tres puntos la eficacia de las plegarias, pues tanto han bajado de precio, que tienen necesidad de tres puntos para atrapar un poquito de prestigio; o también, lo que es semejante, pero un poco más risible, cuando el pastor prueba en tres puntos que la plegaria es la beatitud que supera todo entendimiento. ¡Oh querido e inapreciable AnticlÃmax! Decir que una cosa, superando al entendimiento, pruébese con tres razones, las cuales, siempre que ellas valgan algo más que nada, no deben sin embargo superar al entendimiento, sino por el contrario convencerlo, incluso hasta la evidencia, de que esa beatitud no lo supera de ningún modo, ¡cómo si, en efecto, las razones no estuvieran siempre al alcance de la razón! ¡Pero para aquello que supera al entendimiento, y para quien cree en ello, esas tres razones carecen de sentido tanto como para las insignias de las posadas, tres botellas o tres ciervos! Pero prosigamos: ¿quién prestarÃa a un enamorado la idea de defender su amor, de admitir que no es absoluto, lo Absoluto? ¿Cómo creer que ha pensado en él como en las objeciones hostiles, y de que asà ha nacido su alegato; es decir cómo creerle capaz o casi, de admitir que no está enamorado, de denunciarse como si no lo estuviera? Id a proponerle que sostenga tal cosa y ya se sabe que os considerará loco y si, además de estar enamorado, es también un poco psicólogo, estad seguros que sospechará que el autor de la oferta nunca conoció el amor o que quiere arrastrarlo a que se traicione, a renegar lo suyo… defendiéndolo. ¿No es esa la prueba enceguecedora de que un enamorado, uno verdadero, nunca tendrá la idea de probar con tres puntos su amor o de defenderlo, pues —lo que vale más que todos los puntos juntos y que cualquier defensa— él ama? Y quien prueba y alega no ama, no hace más que simular y, desgraciadamente, —o tanto mejor— lo hace tan estúpidamente que sólo delata su falta de amor.