El Libro de la selva
El Libro de la selva —¿Qué es esto? ¿Qué es esto, Bagheera? —quiso saber sorprendido—. Yo no quiero abandonar la jungla y no sé qué es esto. Me estoy muriendo.
—No, Hermanito. Esto son solo lágrimas, propias de hombre —dijo Bagheera—. Ahora sé que eres un hombre y ya no un cachorro. La selva se cierra para ti. Deja correr tus lágrimas.
Asà que Mowgli se sentó y lloró como si se le fuera a partir el corazón. Era la primera vez que lloraba en toda su vida.
—Ahora —dijo— me iré con los hombres; pero antes debo despedirme de mi madre.
Y se dirigió a la cueva, en la que encontró a Madre Loba y a sus cuatro lobeznos aullando muy tristes.
—¿No me olvidaréis? —preguntó Mowgli.
—Nunca, mientras seamos capaces de seguir un rastro —contestaron sus hermanos—. Ven al pie de la colina y nos encontraremos allÃ, hablaremos y jugaremos por la noche.
—Vuelve pronto, Ranita sabia —dijo Padre Lobo—, porque tu madre y yo ya somos viejos.
—Estad seguros de que volveré —dijo Mowgli— y cuando lo haga será para extender la piel de Shere Khan sobre la Roca del Consejo. ¡No me olvidéis y pedid a todos en la jungla que no me olviden!