El Libro de la selva

El Libro de la selva

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La llevaron dentro y su padre la cogió. Dijo que no estaba muerta, sino medio ahogada. La envolvieron en algodón y la acercaron al fuego para que se calentara. Al rato abrió los ojos y estornudó.

—Ahora —dijo el hombre, que era un inglés que se acababa de mudar al bungaló— no la asustéis y veremos qué hace.

Asustar a una mangosta es la cosa más difícil del mundo, pues es un animal muy curioso. Su lema es: «Corre y entérate», y Rikki-tikki representaba bien a su especie. Miró el algodón y decidió que no era cosa de comer, corrió por la mesa, se sentó, se rascó y atusó su piel. Hecho esto, saltó al hombro del niño.

—No te asustes, Teddy —le dijo su padre—. Es su manera de hacer amigos.

—¡Ay! Me está haciendo cosquillas debajo de la barbilla —comentó Teddy.

Rikki-tikki le lamió la oreja, saltó al suelo y se sentó restregándose el hocico.

—¡Santo cielo! —dijo la madre—. ¿Y este es un animal salvaje? Supongo que está siendo así de manso porque nos hemos portado bien con él.

—Todas las mangostas son así —aseguró el marido—. Si Teddy no la hace rabiar cogiéndola por la cola o la mete en una jaula, se pasará el día entrando y saliendo de la casa. Vamos a darle algo de comer.


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