El Libro de la selva
El Libro de la selva Le dieron un trozo de carne cruda, que a Rikki-tikki le gustó muchísimo. Cuando terminó, salió y saltó a la baranda del porche para tomar el sol, e infló su cola para que se le secase hasta la raíz. Después ya se sintió mejor.
«Hay tantas cosas por descubrir aquí —pensó— que me quedaré para investigarlas».
Dedicó todo el día a recorrer la casa. Estuvo a punto de ahogarse en la bañera, metió la nariz en el tintero del escritorio y casi se la quemó con la punta del cigarro del padre, porque había trepado hasta sus rodillas para ver cómo se escribía. Por la noche se metió en la cama de Teddy, pero era tan traviesa que no podía estarse quieta y saltaba al primer ruido, y cuando los padres de Teddy fueron a verlo, se la encontraron despierta sobre su almohada.
—Esto no me gusta —opinó la madre—. Puede morderle al niño.
—No hará tal cosa —aseguró el padre—. Teddy está más seguro con ella que si tuviera un perro guardián. Si una serpiente entrara en el dormitorio…
Pero la madre de Teddy no quería ni pensar en una cosa tan horrible.