El Libro de la selva
El Libro de la selva Pero no habÃa empezado a entonarla cuando justamente la hierba empezó a agitarse otra vez y Rikki-tikki salió cubierta de barro y relamiéndose los bigotes. Darzee dio un gritito de alegrÃa. Rikki se sacudió el barro y estornudó.
—¡Se acabó! La viuda no volverá a salir más.
Las hormigas rojas lo oyeron y en tropel se dirigieron al festÃn. Rikki se enrolló sobre sà misma y se quedó dormida hasta el atardecer, pues habÃa tenido un duro dÃa de trabajo.
—Ahora —dijo cuando se despertó— volveré a la casa. Dile lo que ha sucedido al pájaro herrero, Darzee, y él se encargará de propagar por el jardÃn la noticia.
El pájaro herrero tiene un canto exactamente igual que el continuo golpeteo de un pequeño martillo sobre un cacharro de cobre, por lo que sirve de pregonero de las noticias en todos los jardines hindúes. Y efectivamente, al tiempo que Rikki enfilaba hacia la casa, oyó como un diminuto gong que repetÃa: «¡Din-don-toc! Naja ha muerto. ¡Don! Najaina ha muerto ¡Din-don-toc!». Al instante, todos los pájaros del jardÃn empezaron a cantar y las ranas a croar, pues Naja y Najaina no solo comÃan pájaros, sino también ranas.
Cuando Rikki llegó a la casa, la familia la recibió casi llorando y la abrazaron.