Jettatore
Jettatore CARLOS.— ¡Ah!… ¡Usted cree, doctor! Usted cree… ¡no lo niegue!
DON JUAN.— Pero ¿te has vuelto loco?
ENRIQUE.— Le diré a usted… Yo, un hombre de ciencia, deberÃa temer el ridÃculo, confesando lo que bien puede ser considerado como una simple debilidad de mi parte; pero, ya que me hace usted esa pregunta en términos tan categóricos, voy a contestarle con toda lealtad… SÃ, señor… ¡creo en la «jettatura»!
DOÑA CAMILA.— ¿Es posible?
ENRIQUE.— (Con énfasis). Creo que existen ciertos hombres que poseen la terrible propiedad de sembrar a su paso la desgracia. Creo en el poder maléfico de algunos seres que han nacido para ocasionar el mal y que lo producen contra su propia voluntad y contra sus propios impulsos, ejercitando esa influencia en una forma inconsciente e irresponsable. Creo en una fuerza misteriosa que la ciencia no explica y que sin embargo existe… y creo en ella, amigo mÃo, porque la he visto manifestarse, en infinidad de circunstancias, de una manera tan evidente, tan indiscutible, que ha concluido por imponer en mi espÃritu la convicción profunda que hoy no tengo reparo en confesar.
DON JUAN.— Pero ¿estoy soñando? ¿Todo eso es serio?