Jettatore
Jettatore Sala elegante. Una mesa al centro con revistas y diarios. Una chimenea o piano sobre el foro izquierda. Un sofá sobre el foro derecha. Araña encendida.
Carlos y LucĂa.
CARLOS.— Vamos LucĂa… de una vez. ÂżSĂ o no?
LUCÍA.— Es que no me resuelvo, Carlos. ¿Y si se me conoce?
CARLOS.— No seas tonta… ¿En qué se te puede conocer? Todo es cuestión de un momento.
LUCÍA.— ¡Si llegaran a descubrirnos!
CARLOS.— ¡Pero no pienses en eso!… No es posible. Yo te aseguro que no nos van a descubrir. ¿Por qué imaginarte siempre lo peor? Tengo todo preparado. Enrique está esperando en la esquina…
LUCÍA.— No me animo, Carlos… Tengo miedo.
CARLOS.— Bueno, lo que veo es que no te importa nada de mĂ.
LUCÍA.— No digas eso. Bien sabes que no es cierto.
CARLOS.— Sin embargo, ahà está la prueba.
LUCÍA.— Si no puedo querer a nadie que no seas tú. ¡Como si no lo supieras!
CARLOS.— Y entonces, mujer, ¿a qué vienen esas vacilaciones? Resuélvete, rubia… Con un poco de valor estamos del otro lado. ¿No ves que esto no puede seguir as�
