Figaro
Figaro Es cosa que darÃa que hacer a los etimologistas y a los anatómicos de lenguas, el averiguar el origen de la voz calavera en su acepción figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la designación del cráneo de un muerto, ya vacÃo y descarnado. Yo no recuerdo haber visto empleada esta voz, como substantivo masculino, en ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción picaresca es de uso moderno. La especie, sin embargo, de seres a que se aplica, ha sido de todos los tiempos. El famoso AlcibÃades era el calavera más perfecto de Atenas: el célebre filósofo que arrojó sus tesoros al mar, no hizo en eso más que una calaverada, a mi entender de muy mal gusto: César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera pasado en el dÃa por un excelente calavera: Marco Antonio echando a Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del Imperio, no podÃa ser más que un calavera; en una palabra, la suerte de más de un pueblo se ha decidido a veces por una simple calaverada. Si la historia, en vez de escribirse como un Ãndice de los crÃmenes de los reyes y una crónica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de filosofÃa, como un cuadro de costumbres privadas, se verÃa probada aquella verdad; y muchos de los importantes trastornos que han cambiado la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los polÃticos, encontrarÃan una clave de muy verosÃmil y sencilla explicación en las calaveradas.