Figaro
Figaro Todos tenemos algo de calaveras, más o menos. ¿Quién no hace locuras y disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no ha creÃdo en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún dÃa por ella, quién no ha prestado dinero, quién no ha debido, quién no ha abandonado alguna cosa que le importase, por otra que le gustase, quién no se casa en fin?… Todos lo somos; pero asà como no se llama locos sino a aquéllos cuya locura no está en armonÃa con la de los más, asà sólo se llama calaveras a aquéllos cuya serie de acciones continuadas son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.
El calavera se divide y subdivide hasta lo infinito, y es difÃcil encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor número de castas distintas: tienen todas, empero, un tipo común de donde parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al calavera, de cualquier casta que sea.
1.º El calavera debe tener por base de su ser lo que se llama talento natural por unos; despejo por otros; viveza por los más: entiéndase esto bien; talento natural: es decir, no cultivado. Esto se explica: toda clase de estudio profundo, o de extensa instrucción, serÃa lastre demasiado pesado que se opondrÃa a esa ligereza, que es una de sus más amables calidades.